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burinotoffline

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burinot

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johan

Last Name

burinot

Biographical Info

A modo de presentación os diré que me llamo Patricia y que tengo 39 años, estatura media, morena de ojos azules y una figura que, para haber sido madre dos veces, no conservo nada mal. Me gusta cuidarme, lucirme lo mejor posible, y no voy a negar que cuando voy por la calle noto las miradas fijas en mí, sobre todo en mi culito redondito y duro.

Con 18 años conocí al que luego se convertiría en mi marido, un compañero de la universidad. Me sentía totalmente enamorada de él, de su desparpajo, de su facilidad para iniciar una conversación, de su sonrisa… Ya había tenido antes algún noviete que no pasaron de eso, de amores de juventud. Nos casamos cuando yo tenía 20 años y el 23, ya que me había quedado embarazada de nuestro primer hijo que ahora, lógicamente, tiene 19 años. Contrariamente a lo que pasa en otros casos en los que una situación así crea tirantez en la pareja en nuestro caso nos unió bastante. Estábamos bastante ilusionados con el bebé, y nuestra vida la verdad es que transcurría bastante bien. 2 años más tarde vino el pequeño (ahora tiene 17) que, en este caso, fue buscado, ya que, como no éramos partidarios de los hijos únicos, no queríamos que nuestro primer hijo creciese sin la compañía de un hermano. Sin embargo, con el nacimiento del pequeño noté como que mi marido se empezaba a distanciar un poco. Ya no estaba tan pendiente de mí, no era tan atento como hasta entonces, e incluso notaba que su relación con el pequeño era mucho más fría que con el mayor.

Así fue pasando nuestra vida común, conmigo intentando mantener viva la llama y él siempre a la suya, diría que independiente. Las discusiones empezaron a ser más frecuentes entre nosotros, e incluso me pareció notar que mi hijo mayor (que por esos momentos ya tenía 17 años) se estaba poniendo de parte de su padre, entre otras cosas porque siempre (o casi siempre) le daba los caprichos que pedía. Cada día tenía más claro que lo que pasaba es que no quería al menor. También empecé a notar ciertos síntomas que me llevaron a pensar que mi marido tenía su vida fuera de nuestra pareja. Llegaba tarde a casa sin un motivo aparente, un leve olor en su ropa, algunas llamadas a deshoras… Así que un día me decidí a seguirle sin que él lo supiera, viéndose confirmadas mis sospechas: mi marido tenía una amante (Bueno, no una, sino al menos 3, pero de esto me enteré después). Lo vi entrar en un pub del centro de la ciudad donde estuvo en una actitud más que cariñosa con otra mujer. Me fui a casa llorando, sintiéndome humillada y herida en mi orgullo, sobre todo por los esfuerzos que yo había hecho para salvar nuestra pareja. Evidentemente cuando él llegó a casa la discusión fue tremenda, decidiendo separarnos. A pesar de los típicos desacuerdos la separación no fue una guerra abierta, saliendo ambos bastante beneficiados. Yo me quedé con la casa en la que vivíamos al tener la custodia de nuestros hijos y él se quedó con otro piso que habíamos comprado hacía tiempo como una forma de invertir unos ahorros que teníamos (tengo que decir que nuestra situación económica era bastante buena, ya que los dos teníamos trabajos bien remunerados, y no teníamos problemas). Lo que sí consideré una traición (aunque esperada) fue que mi hijo mayor se fue a vivir con su padre y con su amante, así que me quedé con el pequeño en una casa de 4 habitaciones, 2 baños, piscina, jardín, etc., de la que me sobraba al menos la mitad.

A partir de aquel momento mi vida la dediqué a casi exclusivamente a mi trabajo y a mi hijo pequeño, y digamos que perdí un poco el interés por los hombres. Tuve algunas oportunidades y algunos escarceos, pero nada duradero, más que nada por mi miedo a iniciar una relación estable por lo ocurrido en mi matrimonio. Como mucho salía con mis amigas a tomar un café o una copa, me apunté a cursos de manualidades e, incluso, a un gimnasio para mantenerme un poco en forma y recuperar la figura que tenía antes de mis dos embarazos. Ese primer verano decidí irme de vacaciones con mi hijo a la costa malagueña con una amiga también divorciada que tenía un apartamento y nos invitó a pasar 15 días de julio con ella y sus hijos. Me sorprendió la forma de ser tan desinhibida de mi amiga, sin importarle mostrarse en topless delante de nuestros hijos o pasearse solamente con una camiseta y unas braguitas por el apartamento. También la vi enrollarse con un par de hombres durante esas vacaciones, momentos en los que prefería volverme al apartamento a ver la tele. Así pasaron esas dos semanas hasta que volvimos a nuestra ciudad.

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Creo que aquellas vacaciones nos marcaron a todos, aunque no sé si consciente o inconscientemente, pienso que marcaron el devenir de los acontecimientos que vinieron después. Tengo que reconocer que a pesar de mi pérdida de interés por el sexo masculino había ocasiones en las que me consolaba a solas en mi cuarto o en la ducha, o me acostaba solamente en braguitas o tanguita, creo que contagiada por mi amiga, e incluso en alguna ocasión totalmente desnuda. Esos momentos de masturbación eran un verdadero desahogo para mí, quedándome bastante relajada. No sé si era mi mente o algo real, pero empecé a notar ciertos detalles extraños que no sabía a qué achacar: ocasiones en que me encontraba en la ducha y me parecía notar la leve corriente de aire que se produce cuando se abre la puerta, o que se abría la puerta de mi habitación mientras estaba dormida, o algunas manchas extrañas en mi ropa interior de las que tampoco supe su origen (tonta de mí).

Una tarde estaba en casa viendo la tele en el salón y mi hijo en su cuarto liado con su ordenador cuando le llamaron unos amigos, diciéndome que salía. Aproveché y decidí ordenarle un poco el cuarto, viendo que se había dejado encendido el ordenador. Recordé que quería mirar una cosa en Internet y no me apetecía encender mi portátil, por lo que usé el suyo. Lo que descubrí me dejó con la boca abierta. Cuando entré en el buscador me aparecían términos como “MILFS”, “maduras”, etc. La curiosidad me hizo entrar en esas páginas viendo fotos y videos de mujeres de mi edad más o menos (e incluso mayores) practicando sexo con chicos jóvenes e incluso algunos lésbicos. Lo que veía me dejó alucinada. Sentí que traicionaba la intimidad de mi hijo, pero me metí en sus archivos, viendo fotos mías en bikini, de mi amiga y mías en la playa, o (lo que casi provoca que me diese un sofoco) fotos mías en la ducha o dormida en la cama. No me lo podía creer: mi hijo se excitaba con su propia madre. Me notaba turbada, veía aquello casi como una aberración, y eso no entraba en mis esquemas. Creo que inmediatamente supe el origen de aquellas manchas que os decía o de las sensaciones que había tenido. Salí de la habitación de mi hijo y volví al salón a seguir viendo la tele, pero lo que había visto no dejaba de rondarme la cabeza. Cuando él volvió creo que me notó un poco rara y me preguntó si me pasaba algo, contestándole yo que no, que simplemente sería que me notaba como resfriada o que serían síntomas pre-menstruales (no recuerdo qué le dije), quedando la conversación ahí. Esa noche tuve sueños extraños, despertándome varias veces como sobresaltada.

A partir de aquel día creo que empecé a ser consciente de que mi hijo ya no era tan niño como tal vez a mí me seguía pareciendo, sino que estaba creciendo y se empezaba a mostrar el hombre en el que irremediablemente se iba a convertir. Con 15 años ya casi  medía 1’80 y tenía un cuerpo bastante bien formado por su afición al deporte, el pelo rapado en un corte estilo militar y un moreno playero que ya quisieran muchos. Más de una vez me sorprendí a mi misma mirándole a hurtadillas, momentos en los que volvía a recordar que era mi propia sangre. Algo se estaba agitando en mi interior, algo que provocó que una tarde cuando él se estaba duchando fuese yo la que me decidiese a espiarle. Le vi bajo la ducha, el cuerpo que había desarrollado y, lo que no sé si fue peor, su pene que, a pesar de estar en reposo, era de dimensiones mayores que el que recordaba de mi exmarido. Empecé a notar que me excitaba mirándole, y más de una vez volví a mirarle en la ducha hasta que un día terminé masturbándome en mi cama hasta que me corrí como una loca pensando en la polla de mi hijo. Esas masturbaciones solitarias se fueron volviendo más frecuentes, y hasta me sorprendí a mi misma un día comprando un par de vibradores en una página web.

Lo que empezaba a sentir por mi hijo creo que se estaba empezando a convertir en una obsesión que ni yo misma sabía porqué había surgido. Había pasado casi un año y volvía el verano. Durante ese año habían cambiado algunas cosas en mi interior. Me decidí a cambiar un poco mi forma de vestir, comprándome faldas más cortas, blusas más escotadas, ropa interior más sexy, etc. A pesar de seguir sin ceder a los intentos de algunos hombres que intentaban ligar conmigo con 37 años volvía a sentirme viva y, paradójicamente, me empezaron a llegar a los oídos rumores acerca de mi sexualidad, ya que alguna gente empezó a pensar si no me habría vuelto lesbiana, aunque a mi las mujeres no me hubiesen atraído nunca. Mi amiga nos volvió a invitar a pasar otra vez el verano en la costa, accediendo ya sin ningún tipo de reservas. Tenía que renovar mis trajes de baño para la ocasión, así que me fui a unos grandes almacenes. Recordé los bikinis que usaba mi amiga, así que me compré algunos que en otras ocasiones hubiese considerado desvergonzados de lo pequeños que eran, algunos tipo tanga y otros tan sólo un hilo entre mis nalgas. Faltaba algo para poder lucirlos, y era algo tan tonto como que nunca me había depilado el coñito, solamente unos pequeños recortes, y decidí hacerme la depilación brasileña, dejándome simplemente un pequeño mechón en el pubis. Cuando volví a casa me metí en mi cuarto a probármelos, sorprendiéndome la imagen que me devolvía el espejo. Recordé las fotos que había visto en el ordenador de mi hijo y con una sonrisa traviesa pensé que si quería fotos atrevidas esta vez las iba a tener de sobra. Así fue como llegamos a la playa ese verano, con esas nuevas ideas en mi mente.

La primera que notó el cambio fue mi amiga, diciéndome que aquellos bikinis me sentaban de maravilla, y que ya era hora de que me mostrase como yo era en realidad. Otra cosa que hice fue empezar a hacer topless al igual que ella. Como por las noches nuestros hijos se iban de fiesta por su cuenta nosotras volvimos a irnos de discotecas o a locales en la playa, atreviéndome a coquetear con algunos hombres (extranjeros en su mayoría) que al vernos se acercaban a cortejarnos. Incluso me atreví a enrollarme abiertamente con alguno, terminando follando como locos en sus hoteles o en el apartamento un par de noches que ambas nos liamos con sendos hombres. Me excitaba volver a sentirme deseada, tener la polla de un hombre en mi coñito mientras oía los gemidos de mi amiga en la otra habitación, comerme una polla mientras me comían el coño en un 69 delicioso (que con mi ex la verdad es que no había hecho nunca)… Y lo que no me quitaba de la mente era que todo lo había provocado el deseo que sentía aumentaba por mi hijo y que, aunque él no se diese cuenta, también percibía por su parte (Esos cambios llegaron a otras cosas, pero eso ya os lo contaré en otro relato si este os gusta).

Lamentablemente todo lo bueno se acaba y nuestras vacaciones terminaron, teniendo que volver a la ciudad a nuestra aburrida vida. A pesar de todo, como ya he dicho que tenía piscina, había ocasiones en las que invitaba a mi amiga a pasar el día. En esas ocasiones siempre tomábamos el sol en topless, pero hubo alguna en que lo hicimos totalmente desnudas. Con los ojos cerrados bajo el sol pensaba en mi hijo, en su ordenador, y me imaginaba la recopilación que estaría haciéndose (y también pensé en las pajas que se haría a solas). Un día me decidí a entrar en su ordenador y, tal y como sospechaba, la cantidad de fotos había aumentado. Se nos podía ver perfectamente, así que me di cuenta desde donde nos las hacía, por lo que decidí poner otro par de tumbonas en el jardín con la excusa de tenerlas por si algún día nos reuníamos más gente. Evidentemente, cuando venía mi amiga era en esas nuevas tumbonas donde nos tumbábamos, ofreciéndole mejor vista, por lo que las fotos mejoraron como pude comprobar. Mis masturbaciones pensando en él también fueron más frecuentes, hasta que un día ocurrió lo que ambos deseábamos…

Ese día llegué a casa del trabajo y vi su moto aparcada en la puerta, por lo que deduje que estaba en casa, así que entré y le llamé pero sin tener respuesta. Subí a mi dormitorio para quitarme los zapatos y ponerme cómoda cuando vi la puerta de su cuarto entreabierta. Sin hacer ruido me acerqué a mirar, viéndole sentado delante de su ordenador y, por los gestos que hacía, evidentemente se estaba masturbando con las fotos que se veían en la pantalla que no eran otras que las que él hacía mías o de nosotras dos. Me puse tan caliente que no pude evitar entrar en mi cuarto y desnudarme para tumbarme en la cama empezando a tocarme. Mis dedos acariciaban mis tetas, pellizcaban mis pezones y, poco a poco, acariciaban mi vientre hasta que llegaron a mi coñito que ya estaba mojadísimo de excitación. Me chupé un dedo y me lo empecé a meter, siendo dos poco después, hasta que alargué la mano para coger un consolador de látex del cajón de mi mesita. Me lo metía pensando en que era su polla la que me follaba, y me tenía que morder los labios para que no se oyesen mis gemidos, hasta que me corrí como la zorra caliente que me sentía en ese momento. Cuando me recuperé me metí en la ducha y, cuando salí, me puse solamente una camiseta y el tanguita de un bikini. Así bajé a la cocina donde empecé a preparar la cena. Le oí bajar, y pude notar su cara cuando me vio como estaba vestida (o casi desnuda, no sé exactamente). Me saludó con un beso en la mejilla, preguntándome cómo me había ido el día, yéndose a continuación al salón, pero podía notar sus miradas mientras iba y volvía de la cocina y preparaba la comida. Nos sentamos a cenar mientras charlábamos de cosas sin importancia. Cuando terminamos y recogí la cocina le propuse sentarnos a ver una película en el dvd del salón, contestándome él que vale. Cuando nos sentamos le pregunté si le apetecía algo de beber y me dirigí al mueble bar para preparar un par de combinados. Podía notar su mirada seguir mi culito apenas tapado por mi camiseta y el diminuto tanguita o mis tetas sin sujetador bajo la camiseta. Saqué un paquete de tabaco de mi bolso y le ofrecí uno. Mientras nos bebíamos el cubata y fumábamos empecé a quejarme del calor que hacía esa noche. Decidí quitarme la camiseta, notando como sus ojos se abrían como platos ante la vista de mis tetas ya totalmente libres…

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